No siempre vamos a hablar de Franco; hoy toca sobre el tabaco y, recordando a Leire Pajín:
Érase una vez, cuando el franquismo se manifestaba esplendoroso, dos mozalbetes ingenuos, aguerridos y rebeldes, corrían cuanto podían para alcanzar el autobús en la parada que les llevaría de regreso al internado del CHOE y, mientras corrían, cuando uno daba la calada a la pava como el testigo de una carrera de relevos, pasaba la colilla al otro; dada la calada, de igual forma, se la devolvía al compañero. Entre tanto, un estático viandante, delgado, alto y con el rostro vejado por la vida, enfundado en una gabardina mugrienta y raída, observaba con interés la escena y decidió apretar el paso para interponerse entre el autobús y los muchachos; metió la mano en el bolsillo y sacó un folio impreso con ciclostil, tan radiantemente nuevo, que el más bajito lo dobló con cuidado y lo guardó en la chaqueta azul marino y dorados botones —quizás por el contraste que hacía el folio con el viejo que lo entregó—, y subió al autobús lanzando improperios que el compañero no entendió. Cuando el autobús perdió de vista al viejo y a la hermosa fuente de Neptuno, desdobló el papel para leerlo y comentó al compañero:
—El cabrón del viejo me decía que tirase la colilla y que no debía de pasarla a nadie; ¡que no fumara! Fíjate lo que dice el panfleto: que el tabaco provoca gangrena en el dedo gordo del pie entre una, dos... veinticinco enfermedades más que hay en la lista. ¡Está loco!
—Pues sí que es raro el viejo —le respondió el compañero, y las carcajadas invadieron el autobús.
Pasaron los años, tantos que hacía décadas que Franco no habitaba entre nosotros, y dos viejos malhumorados y resoplando por las maniobras que tenían que realizar para doblegar las rigideces óseas, se sentaron en un autobús que al salir de la parada pronto pierde de vista la hermosísima fuente de Neptuno. Ya acomodados, el más bajito se quitó el zapato izquierdo para mirarse el dedo gordo del pie mientras el compañero le decía:
—No mires más la moradura de tu dedo que no le pasa nada. Lo único que ocurre es que la nueva Ley Antitabaco ha añadido otro frente psicológico a la guerra que ya libramos contra los achaques de la vejez, ocasionadas por la mala vida que nos dieron en el trabajo. Estos modernos, no nos van a dejar morir en paz, llevamos sesenta años fumando y ahora la pensión no da para comprar el tabaco, añadiendo más preocupaciones al día. Lo que debían de hacer es subir la pensión o facilitar un bono-estanco. Eso sí seria una buena ley para dulcificar los días que quedan y, más a ti, que ni tienes nietos y te distraes con los míos.
El viejo bajito rebusca céntimos en los bolsillos cuando va al estanco para comprar la droga del día, y a veces se va con el sufrimiento de no encontrar lo suficiente y pide limosna.
—El cabrón del viejo me decía que tirase la colilla y que no debía de pasarla a nadie; ¡que no fumara! Fíjate lo que dice el panfleto: que el tabaco provoca gangrena en el dedo gordo del pie entre una, dos... veinticinco enfermedades más que hay en la lista. ¡Está loco!
—Pues sí que es raro el viejo —le respondió el compañero, y las carcajadas invadieron el autobús.
Pasaron los años, tantos que hacía décadas que Franco no habitaba entre nosotros, y dos viejos malhumorados y resoplando por las maniobras que tenían que realizar para doblegar las rigideces óseas, se sentaron en un autobús que al salir de la parada pronto pierde de vista la hermosísima fuente de Neptuno. Ya acomodados, el más bajito se quitó el zapato izquierdo para mirarse el dedo gordo del pie mientras el compañero le decía:
—No mires más la moradura de tu dedo que no le pasa nada. Lo único que ocurre es que la nueva Ley Antitabaco ha añadido otro frente psicológico a la guerra que ya libramos contra los achaques de la vejez, ocasionadas por la mala vida que nos dieron en el trabajo. Estos modernos, no nos van a dejar morir en paz, llevamos sesenta años fumando y ahora la pensión no da para comprar el tabaco, añadiendo más preocupaciones al día. Lo que debían de hacer es subir la pensión o facilitar un bono-estanco. Eso sí seria una buena ley para dulcificar los días que quedan y, más a ti, que ni tienes nietos y te distraes con los míos.
El viejo bajito rebusca céntimos en los bolsillos cuando va al estanco para comprar la droga del día, y a veces se va con el sufrimiento de no encontrar lo suficiente y pide limosna.
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