Violencia de género.





A.O.G.


     Conocí a una pareja de inmigrantes que vivían en la España de la Literatura. Él era poeta y también pintaba lo que podía; consideraba en su cachet la amistad con los grandes: Borges, García Márquez, Carpentier… y ella, de más humildad, trabajaba la crítica literaria y las clases de español/inglés, ejercía una cosa u otra, según oportunidad. También alguien, haciendo de mecenas, les ayudaba a vivir; les cedía gratuitamente una vivienda y, de algún modo, en días de penuria, les pasaba dinero o favorecía con su gestión las iniciativas del matrimonio. De esta forma, las copas de sus vidas fueron adquiriendo los ricos y gratificantes aromas que la amistad y la feliz convivencia procuran en los amores maduros.

   Pasado un tiempo, el país comenzó a padecer las consecuencias económicas de la globalización, de la estafa al por mayor y los buenos efluvios de las copas comenzaron a dejar de inhalarse porque ella, más práctica y trabajadora que él, daba más rendimiento a los bienes gananciales y, con ello, hirió el orgullo del macho que comenzó a dictar limitaciones: en el dormitorio no se fuma, y ella lo justificaba: es que tiene asma; más tarde suprimió de la dieta los dulces, y después dejaron de pasear porque tenía dolores de lumbago. A cada limitación que imponía –como si de un derecho irrenunciable se tratara– ella, alienada por amor, se imponía una nueva obligación, con lo que las antiguas fragancias se transformaron en hedores. El mecenas y los coadyuvantes —para que la situación no se deteriorara más— idearon poner en marcha un taller literario muy especial: los asistentes daban unas cantidades para sufragar una comida al mes y el resto sería para emolumento de ella que, a cambio, haría una crítica literaria y biográfica de un autor escogido, seguido de un debate. Tal éxito tuvo el experimento, que incendió, aún más, el insensato orgullo que ya se padecía y, un día de taller —cuando el poeta ya había conseguido una paga del Estado no contributiva—, mientras se estudiaba Platero y yo, el burrito de algodón, tierno y sin huesos, soltó la coz:
     —Señores, no habrá más talleres.
   Las gentes que ella ilustraba una vez al mes, sin comprender lo que se había espetado, e indignadas por el menoscabo hecho al derecho al trabajo y dignidad de ella, dejaron de asistir a las convocatorias del taller y la magnanimidad del mecenas, también quebró. Pero lo peor fue que, con las copas rotas, los deliciosos caldos de la convivencia quedaron arruinados y por los suelos.
     Amigos míos, ¿no hay mayor violencia de género que la sutileza de no dejar vivir el día a día?


No hay comentarios: